Senderos de montaña, entre riscos, agua y vegetación ofrecen una alegoria de la vida. Cuando se emprende la ascensión, se reconoce una cierta dificultad que se supera con gusto, los escarpados trayectos se transitan con atención y con consciencia de que dando un paso sobre otro se terminan recorriendo.
Los montañeros clavan la vista en el suelo y se concentran en el camino sin atender a derecha ni izquierda, fija la atención en la meta que es su inmediato destino. La misión es llegar, la voluntad única es conseguirlo; la mente juega un papel fundamental pues mantiene claro el objetivo; la duda no se permite, no hay fuerzas que perder.
Por muy alta que sea una montaña, hay una cima; una vez que se ha logrado escalarla, solo queda descender, prestar atención al regreso pues los peligros acechan aquí, es fácil perder el sendero y tener que volver pasos atrás, andar lo reandado varias veces además; es que resulta más fácil ir que venir, a la ida el objetivo está claro, a la vuelta se diluye por el cansancio.
Los experimentados montañeros, los deportistas de élite saben de la importancia de la mente en los grandes recorridos y se dice que les ha entrado una pájara cuando se rinden en medio de la etapa.
En la vida, también aparecen momentos así y parece que estamos a punto de tirar la toalla, entonces es cuando hay que ver que todo es transitorio y que el ciclo de la vida rueda y rueda sin parar.
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